“La Argentina ya no toma mate”, por Rodolfo Walsh

By | 24/11/2010

Un colaborador nos hizo llegar un viejo artículo sobre la producción de yerba mate en la Argentina de la década del 60, que termina con la predicción de que en Argentina no se tomará mate o quizás en la mejor de la suerte quedará como una infusión del medio rural profundo.horno tradicional de yerbatera en Misiones, Argentina

El artículo que es muy interesante fue escrito por el escritor Rodolfo Walsh, quien es reconocido tanto por su pluma como su acción política en Argentina, vinculada con los Montoneros. La verdad es que en este caso, le erró feo pero su crónica tiene un sabor autóctono, amargo y vivificante como la propia yerba mate.

Reproducimos unas partes del mismo, para salvaguardar la propiedad intelectual y el trabajo de quienes lo recopilan, si quieren leerlo completo pueden ir www.rodolfowalsh.org

La Argentina ya no toma mate, por Rodolfo Walsh

“Se jugaba mucho al ajedrez -escribió Horacio Quiroga en 1927- y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados.

Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasablemente o no.

Misiones ha perdido su alegría -explicó sencillamente Osvaldo Rey, el maestro de Mbo-Picuá. Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos. El Paraná transcurría sin barcos y los edificios sombríos de los secaderos estaban desiertos. Sobre los viejos emplazamientos de los jesuitas y los largos pueblos que creó el auge de la inmigración, descendía una calma engañosa.

(…)

Los herederos del mensú

Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos. En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañero y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas -dos bolsas abiertas y unidas- que cuando estén llenas se convertirán en “raídos”.

No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.

Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que preguntarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:

Estamos todos abajo -dicen.

Nuestro jornal no sube.

El familiar no te pagan.

Estamos atenidos.

Apenas se gana para el pan.

(…)

Y ya llega el camión por la picada, el capataz, los cargadores reclamando:

¡Raído! ¡Arriba, muchachos!

Cuatro pares de brazos levantan al sol, como una ofrenda, la ponchada de yerba, la gran riqueza de Misiones construida sobre un mar de sufrimiento.

(…)

Urúes y guainos

En la playa del secadero, los camiones vuelcan su carga verde que los horquilleros embocan en la cinta transportadora. De ahí la hoja sigue a los grandes tubos de la sapecadora, calentados a temperatura constante, de donde sale a los pocos segundos, ya con su perfume característico, tras perder el cuarenta por ciento de agua.

Pero la secanza a fondo, se hace en el barbacuá. Parados sobre la gran estructura con forma de bote invertido, el urú Marcelino Brites, y su ayudante el guaino Sanabria, parecen demonios semidesnudos, sudorosos y raquíticos, mientras con la horquilla cambian de capa los cinco mil kilos de hoja verde que se acumulan sobre el enrejado de palos de monte.

Un horno subterráneo insufla en el oscuro galpón una corriente continua de aire quemante.

¿Cuánto dura el turno?

Veinte horas- dice el urú sin cesar de mover la hoja con un ritmo y un orden que solo él conoce-. Hasta que termine la secanza.

La tortura del barbacuá

La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el “catre” -una especie de barbacuá perfeccionado y plano- de la Industrial Paraguaya. Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca inequívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta grados arriba, donde trabajan los secaderos.

Es poco -se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade: -Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba. Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una altiplanicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven media docena de hombres.

(…)

El sesenta por ciento de la yerba de Misiones se seca de este modo. El resto, en instalaciones mecánicas de secanza rápida. Pero todo el mundo sabe que la yerba de catre o de barbacuá tiene otro sabor…

(…)

Aun, así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Comisión de Propaganda de la CRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infusiones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consumo asciende a diez mil millones. El consumo per capita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación. Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Esto se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo. Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el cultivo yerbatero sobreviva. De lo contrario, se habrá perdido definitivamente la guerra iniciada hace tres siglos por los “mamelucos” paulistas contra los viejos pueblos de las Misiones”.

Fuente: http://www.rodolfowalsh.org/
Fuente original: Revista Panorama, N° 43, Diciembre 1966
Foto: http://www.flickr.com/photos/patriciogatti

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